Háblame de promesas,
de la cárcel que es tu boca,
del sonido del corazón,
del caudal de su latido.
Yo te cuento de las huellas que se
borraron por el camino,
de los errores que terminaron por ser
aciertos,
de las dudas eternas,
de noches de inconfesables entregas
y costosas renuncias.
Háblame de un intenso amarillo,
de tu sol resguardado en frascos de
vidrio,
del no ser,
de la invisibilidad,
de tus lágrimas,
de tu escondite; aquel al que llegas
sin saber ni cómo y del que aún no has encontrado la forma de salir.
Yo te hablaré de misterios
bioluminiscentes en el mar,
de ocasos tibios que encendieron mi
esencia
y de sentarme al abrigo de una roca en
la playa.
Háblame de cuando se detiene el tiempo
al calor de una mirada,
del atino de sus dardos en diana,
del calado entre barreras que
sucumben,
de su poder.
Y yo te hablaré de cómo se respira una
vida en las entrañas,
que fue ser dos en mí
y parir un comienzo con amor, dolor y
miedo.
Cuéntame de tu risa liviana,
de tu espera tranquila,
de la voz varada en grito en tu
garganta
y
del crujido que baila en sus daños.
Dime a que te suena este presente.
Y yo te hablaré de dar un paso al
frente,
de cómo destiñe el rojo de mis sueños
y del sabor a soledad en la retirada.
De encuentros, avistamientos y éxitos.
Cuéntame cómo es colarse entre unos
versos
y morir en un abrazo,
la explosión de una noche vivida,
tener alas y libertad.
Te contaré que es perderse sin salir
de una misma
y lo que duele mirarse a un espejo,
cuando no estás.
De afinidad, sensibilidad, compasión,
pasión y amor.
De invitaciones al interior del alma,
de puertas abiertas y luces
encendidas,
de asentimientos y permisos,
de recibir,
de regalar,
de presencia
y gratitud.
Háblame de tu sal y tu herida,
de tu remedio y tu conquista,
háblame sin hablar.
Háblame en silencio, si quieres.

