sábado, 16 de mayo de 2020








Háblame de promesas,
de la cárcel que es tu boca,
del sonido del corazón,
del caudal de su latido.
Yo te cuento de las huellas que se borraron por el camino,
de los errores que terminaron por ser aciertos,
de las dudas eternas,
de noches de inconfesables entregas
y costosas renuncias.
Háblame de un intenso amarillo,
de tu sol resguardado en frascos de vidrio,
del no ser,
de la invisibilidad,
de tus lágrimas,
de tu escondite; aquel al que llegas sin saber ni cómo y del que aún no has encontrado la forma de salir.
Yo te hablaré de misterios bioluminiscentes en el mar,
de ocasos tibios que encendieron mi esencia
y de sentarme al abrigo de una roca en la playa.
Háblame de cuando se detiene el tiempo al calor de una mirada,
del atino de sus dardos en diana,
del calado entre barreras que sucumben,
de su poder.
Y yo te hablaré de cómo se respira una vida en las entrañas,
que fue ser dos en mí
y parir un comienzo con amor, dolor y miedo.
Cuéntame de tu risa liviana,
de tu espera tranquila,
de la voz varada en grito en tu garganta
y  del crujido que baila en sus daños.
Dime a que te suena este presente.
Y yo te hablaré de dar un paso al frente,
de cómo destiñe el rojo de mis sueños
y del sabor a soledad en la retirada.
De encuentros, avistamientos y éxitos.
Cuéntame cómo es colarse entre unos versos
y morir en un abrazo,
la explosión de una noche vivida,
tener alas y libertad.
Te contaré que es perderse sin salir de una misma
y lo que duele mirarse a un espejo, cuando no estás.
De afinidad, sensibilidad, compasión, pasión y amor.
De invitaciones al interior del  alma,
de puertas abiertas y luces encendidas,
de asentimientos y permisos,
de recibir,
de regalar,
de presencia
y gratitud.
Háblame de tu sal y tu herida,
de tu remedio y tu conquista,
háblame sin hablar.
Háblame en silencio, si quieres.






domingo, 3 de mayo de 2020




Gracias a ti, cariño, tú me hiciste madre.
Gracias por procurarme los aprendizajes más importantes a través de tus valores y tu esencia.
El amor incondicional: “te quiero porque eres mi madre”.
El sentido de la felicidad: “soy feliz porque existo”.
El poder del perdón, la disculpa, el agradecimiento y el abrazo.
Gracias por tu verdad sin juicio: “pues la verdad, es que no te he echado de menos hoy”.
Gracias por la autenticidad y la ingenuidad: “no quiero una madre viejita”. Gracias por estos once años de maternidad constante, de ensayo y error, de risas y esperas, de juegos y cansancios, de incertidumbre e ilusiones.
Gracias a ti nunca llegué a abandonar del todo, fuiste mi luz incansable y tierna. Volvimos a empezar
Gracias por enseñarme a ver más allá de mis propias hambres, por no cejar, ni por un instante, de ser hijo, por tu compromiso con la vida.
Gracias a ti, aprendí que soy ejemplo y que te costará menos vivir con sentido si doy sentido a mi vida.
Gracias por enseñarme las palabras justas y las miradas silenciosas.
Gracias  a ti despertó mi amor dormido.
Gracias por ser libre, honesto y divertido, esa es la declaración de mi ser esencial. No es casualidad.