Quise contarte de
lo que me duele y me marca, aquí, muy dentro. Ahora tan dentro que no puedo
traerlo a mis ojos sin los tuyos, sin tu mirada. Pero no estábamos.
Perdón por no crear
el contexto.
Perdón por el papel
de normalidad estúpida
con que envuelvo
mis suspiros,
por el tinte de: “aquí
estamos” tan inútil
con que maquillo a
veces mis miradas.
Tú tampoco estabas
y yo no supe traerte.
Quise contarte que llegó el hombre de mis
sueños, el de camisa blanca almidonada y juventud insultante. Vino y me dejó el
mensaje. Busqué y encontré. Un pozo oscuro y profundo en el que temí
adentrarme. Y seguí soñando y siguieron mis sueños haciéndose presentes. Y llegó
mi padre a vivir entre los vivos y los soñados, y llegó el pasado en forma de
amor perdido por no ser, por no estar. Y siguieron abriéndose pozos tan negros
y profundos como fríos y tan llenos de dudas como de respuestas.
Quise contarte mi miedo a adentrarme y como,
el empeño punzante y puñetero de la vida, acuciando indolente y sin descanso, volviendo
su imposición casualidad, terminó por empujarme al abismo.
Quise contarte que se detuvo el tiempo de
la mujer que me habita, en la urgente dimensión de inmensidad que me invadió. Que
la vida en sus ansias de expansión, encontró en mis ojos el mar de mi infancia,
y lo derramé sobre mi cuerpo minutos, horas…
Quise contarte como sentí mi sombra abriéndose
paso, rasgándome el traje de invisibilidad autoimpuesto, rompiendo mordazas inmemoriales
con las que había cegado mis pozos, forjando su negrura y su silencio. Que me vacié,
me revolví, me grité, sin respirar, sin pretender, viviendo el único instante que
era capaz de sentir, lo único que sucedía, sin resistencia a mi resistencia, sin juicios a mi locura, sin filtros a mi realidad.
Quise contarte que he dejado otra parte de mí
al desabrigo al descuido de existir. Que no me siento la misma, que me siento más
grande y más pequeña a la vez, que no hay a quién pueda mirar a los ojos y contarle
que la basura que enterré dentro de mí hace años ha acabado por hacerme mejor persona,
que no hay miradas que me aguanten los vacíos y que empiezo a pensar que tampoco
las hay que me compartan los brillos.
Nos sentamos en la terraza
Y pedimos dos cervezas.

