jueves, 29 de octubre de 2020

Dónde no estuvimos




 


Quise contarte de lo que me duele y me marca, aquí, muy dentro. Ahora tan dentro que no puedo traerlo a mis ojos sin los tuyos, sin tu mirada. Pero no estábamos.

Perdón por no crear el contexto.

Perdón por el papel de normalidad estúpida

con que envuelvo mis suspiros,

por el tinte de: “aquí estamos” tan inútil  

con que maquillo a veces mis miradas.

Tú tampoco estabas y yo no supe traerte.

 

 

Quise contarte que llegó el hombre de mis sueños, el de camisa blanca almidonada y juventud insultante. Vino y me dejó el mensaje. Busqué y encontré. Un pozo oscuro y profundo en el que temí adentrarme. Y seguí soñando y siguieron mis sueños haciéndose presentes. Y llegó mi padre a vivir entre los vivos y los soñados, y llegó el pasado en forma de amor perdido por no ser, por no estar. Y siguieron abriéndose pozos tan negros y profundos como fríos y tan llenos de dudas como de respuestas.

 

Quise contarte mi miedo a adentrarme y como, el empeño punzante y puñetero de la vida, acuciando indolente y sin descanso, volviendo su imposición casualidad, terminó por empujarme al abismo.

 

Quise contarte que se detuvo el tiempo de la mujer que me habita, en la urgente dimensión de inmensidad que me invadió. Que la vida en sus ansias de expansión, encontró en mis ojos el mar de mi infancia, y lo derramé sobre mi cuerpo minutos, horas…

 

Quise contarte como sentí mi sombra abriéndose paso, rasgándome el traje de invisibilidad autoimpuesto, rompiendo mordazas inmemoriales con las que había cegado mis pozos, forjando su negrura y su silencio. Que me vacié, me revolví, me grité, sin respirar, sin pretender, viviendo el único instante que era capaz de sentir, lo único que sucedía, sin resistencia a mi resistencia, sin juicios a mi locura, sin filtros a mi realidad.

 

Quise contarte que he dejado otra parte de mí al desabrigo al descuido de existir. Que no me siento la misma, que me siento más grande y más pequeña a la vez, que no hay a quién pueda mirar a los ojos y contarle que la basura que enterré dentro de mí hace años ha acabado por hacerme mejor persona, que no hay miradas que me aguanten los vacíos y que empiezo a pensar que tampoco las hay que me compartan los brillos.

 

Nos sentamos en la terraza

Y pedimos dos cervezas.








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