Porque siempre fue
hoy,
nunca estuve en
otro lugar que no fuera aquí, en mí.
No ha habido nada
que comenzar, nada que terminar.
Se trata de dejar
de apretar las ganas
dejando que la vida
sea.
Se trata de
descubrir la encarnadura,
el dolor que punza
desde el centro de las entrañas,
instándome a
despreciar mi miedo.
Para no admitir,
para proteger,
ocultar, tapar, ignorar, olvidar…
El vacío que rodea
el páramo de mi cuerpo.
Para no admitir,
que en el silencio
oscuro del deber cumplido,
va desenredándose
el hilo implacable de la falta,
del eco de las
palabras que no encuentran destino,
reverberando, menguadas,
entre paredes de ausencia.
Para no admitir,
el deseo de otra
piel que, a latidos,
haga despertar la
mía,
sacudiendo el temor
a la distancia de mí misma,
el temor a la desnudez de mi fragilidad,
a la
muerte.
El
deseo de otros ojos
en los que beberme el tiempo de un encuentro,
abandonada
a la turbación estimulante del reconocimiento.
Se trata de Ser
primero en mí
para no caer en la
tentación de fagocitarte.